El Principio de los Vasos Comunicantes: Apuntes de Economía Cuántica (II)

Un artículo de Txema Albert.

En Física -y copio directamente de la Wikipedia- Vasos comunicantes” es el nombre que recibe un conjunto de recipientes comunicados por su parte inferior y que contienen un líquido homogéneo; se observa que cuando el líquido está en reposo alcanza el mismo nivel en todos los recipientes, sin influir la forma y volumen de éstos.

Cuando sumamos cierta cantidad de líquido adicional, éste se desplaza hasta alcanzar un nuevo nivel de equilibrio, el mismo en todos los recipientes. Sucede lo mismo cuando inclinamos los vasos; aunque cambie la posición de los vasos, el líquido siempre alcanza el mismo nivel.

Por muy lejanas que parezcan ambas ciencias, en Economía ocurre más o menos lo mismo. Los precios y los costes de los bienes y servicios tienden a equipararse. En el  mundo de Yupi de “la competencia perfecta” esa igualación se hace a la baja; en el mundo real –en el que con demasiada frecuencia nos encontramos con situaciones de oligopolios (pocos oferentes y muchos demandantes)- se realiza al alza. Recordemos los frecuentes pactos ilegales de tarifas de las compañías proveedoras de servicios telefónicos de móvil o de las petroleras al acordar precios para los carburantes.

Imaginemos una mesa en un laboratorio sobre la que, en lugar de tubos de ensayo o pipetas comunicadas entre sí, hubiera empresas o, mejor aun, países, y dentro de cada tubo estuvieran los costes de las cosas. La mesa sería el mercado internacional (la economía globalizada). Con suficiente paciencia, cuando modificáramos un coste en una de esas vasijas (al alza o a la baja) tarde o temprano los precios en cada tubo tenderían a equipararse con los precios del tubo próximo y, tiempo después, con los del siguiente, y así sucesivamente.

Naturalmente, en la vida real, estas equiparaciones no serían inmediatas y algunos tubos más lejanos al inicial se equilibrarían antes que otros más cercanos. En física esa velocidad de ajuste dependería, fundamentalmente, de dos elementos: la viscosidad de los líquidos y el calibre de la cañería que une cada tubo a cada uno de los demás. Pues en Economía ocurre lo mismo, también existen dos circunstancias que complican esa equiparación de costes, precios, beneficios… ¿Cuáles son esas limitaciones? Cualquier economista “liberal” gritaría enseguida “las rigideces de los mercados” (mercado interior = viscosidad del líquido / mercado exterior = diámetros de la cañerías) y, de inmediato propondría la única solución posible instalada en su cabeza: “desregularizar” (o sea, en román paladino, “reformar” que es la fórmula cínica que tenemos los economistas para decir “recortar”). De ahí a querer hacer saltar por los aires el estatuto de los trabajadores, agilizar el despido o reducir directamente los salarios… un paso. Un paso que no es sino una vuelta de tuerca más a espera de la siguiente.

Cierto es que esta crisis tiene su origen en el sector financiero, en ese macrobotellón de beneficios ficticios que se dieron algunos hasta que les petó la fiesta de tanto soplar el globo. Según eso, los aires de recorte deberían haber arrancado en ese momento (la famosa quiebra de Lehman Brothers, el 13 de septiembre de 2008, y el derrumbe posterior de bancos norteamericanos, ingleses, irlandeses, islandeses… y alemanes). Y sin embargo, “algo” estaba pasando de fondo y antes; “algo” que la gravedad de la marabunta financiera ha provocado que quede en segundo plano.

De un tiempo acá, para conseguir que comulguemos con la rueda de molino de la Reforma Laboral y los demás recortes sociales, siempre aparece el nombre de Alemania como paradigma a imitar, con su 7% “oficial” de población en paro. Otro momento habrá para analizar las luces y las sombras de su caso concreto. El tema aquí es el de dar con alguna de las razones que le llevaron a echarle agua al vino en el tubo de ensayo de una economía que fue en décadas precedentes la envidia en cuanto a protección social de sus trabajadores.

Aquí es donde, de nuevo, volvemos a nuestra mesa de laboratorio y a nuestro experimento de los vasos comunicantes. ¿Qué ocurriría si añadiéramos un nuevo vaso, unido a los demás por un caño muy gordo y con muy, muy poquito líquido (costes salariales, en este caso). La Física –y la puñetera realidad- nos sugieren que en el resto de tubos comenzará una carrera a la baja, a la velocidad que le permitan las rigideces de líquido y cañería (viscosidad y cañería, recordemos).

Esos nuevos tubos tienen nombre y apellido. Son China, La India, Brasil, Paquistán… los tan traídos “países emergentes” y de los que ya conocemos las nefastas condiciones laborales que en ellos subsisten.

Alguien acusó al Socialismo y al pensamiento de izquierdas de que –en su afán igualitarista- acabaría consiguiendo que todos fuéramos “iguales, sí, pero igual de pobres” (yo, al menos, me he cansado de escucharlo infinidad de veces). Y sin embargo es la Economía de Mercado la que sucumbe a la primera a la tentación de deteriorar los logros conseguidos, so pretexto de que no se puede vivir por encima de nuestras posibilidades. Rara vez se plantea el ir incorporando a otros países a las ventajas tan duramente conseguidas.

Esa ha sido “la solución alemana” desde que vieron en el horizonte el peligro que se avecinaba. La solución alemana y a la postre la de los que vamos detrás, con el paso marcado desde Berlín: parecernos cada vez más a China, en lugar de presionar a China para que se parezca cada vez más a la Unión Europea. En eso no entramos, preferimos no interferir en “asuntos internos”. Preferimos el dinero de sus bancos -pan para hoy y hambre para mañana- a la mejora de las condiciones de vida de sus trabajadores -pan para todos… de allí y de aquí).

Firma: Txema Albert

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